En la Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, unos seres hiperinteligentes construyen un superordenador con el fin de dar respuesta a la pregunta más inquietante: El sentido de la vida, el universo y todo lo demás. El superordenador responde que necesita meditar la respuesta durante siete millones y medio de años, así que los seres aguardan con impaciencia todo el tiempo.
Finalmente, tras cumplirse el plazo que pidió el superordenador, éste les dice que tiene la respuesta, pero no será de su agrado. Los seres insisten en saber cuál es el sentido de la vida, el universo y todo lo demás, a lo que el superordenador responde simplemente "42". Los seres, desconcertados, no entienden la respuesta y el ente artificial alega que nunca había sabido exactamente cuál era la pregunta.

Lo importante, pues, no es sólo encontrar una respuesta que nos deje satisfechos, sino saber formular la pregunta correctamente. Al fin y al cabo, aguardar durante siete millones y medio de años para obtener una respuesta, cuando menos desconcertante, es algo que muy pocos pueden conseguir, a parte de Keanu Reeves o Jordi Hurtado.
Así pues, el sentido de la vida, el universo y todo lo demás es y seguirá siendo uno de los interrogantes más intrigantes para los humanos. Pero, ¿es obligatorio pensar que todo tiene un sentido? A lo mejor la vida es un error, una casualidad, una pequeña chispa descentrada. A lo mejor la vida, nuestras vidas, carecen de sentido.